Es duro, pero cierto:
El poder en manos de un pueblo sin educación, es lo mismo que una pistola en manos de un niño.
De este acerto se derivan otros, mucho más crueles aun, pero también ciertos, los cuales me reservo de comentar, y dejo a la perspicacia del lector su formulación o rememoración.
El poder del pueblo debe orientarse, regularse y liberarse, en ese orden de acciones, pues si este es liberado sin regulación, propicia el surgimiento natural de mecanismos regulatorios, que no siempre siguen el esquema trazado para lograr su propio progreso, retrazando el logro de los resultados; mas si a esto le agregamos la falta de orientación, cada cual operará como agente ajeno al proceso y entonces será la anarquía la que domine y se eche por tierra toda la organización.
La orientación es tan simple como la difusión de una idea, utilizando cualquier medio gráfico o verbal, sean estos físicos o electrónicos, tratando de evitar la transmisión de boca en boca para asegurar la entrega fiel y oportuna de las ideas.
La regulación es un poco más compleja, ya que requiere del uso de personas con características afines a los diferentes grupos sociales, las que es necesario instruir en los fines que persigue la organización, y hacerlos sentir más que nadie la pertenencia al equipo de logística pues son un eslabón muy importante para la entrega final del proyecto a la población, y por lo mismo, su fortaleza debe ser probada tanto en capacidad como en lealtad.
No podemos lanzar una propuesta al pueblo para que este decida, es más, no podemos ni siquiera decirle al pueblo que haga propuestas, sin al menos la educación previa en el Segundo grado del Amor (Los Cinco Amores, Joaquín Tincado) que nos asegura que las familias están en Santa Paz dentro de ellas y entre sí mismas en una comunidad.
Démos poder a un pueblo sin educación, y armaremos con alas a los alacranes.
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